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La ilusión de despertar sin nuestras realidades ofuscadas y fantasiosas es enorme.

Dormir sin sueños.
¿Qué escuchas en tu almohada?

Ahora resulta que al mencionar “sueños”, se crean sinónimos de retóricas y palabras trilladas. Aunque podría ser cierto, nadie tiene el título para juzgar las definiciones e interpretaciones de soñar.
Precisamente de ahí nace el desasosiego impuesto y el sentido aceptado a pensar que el sueño es una alucinación, con temporalidad establecida, subjetividades triunfadoras, e ideales inmortalizados, pero válidos sólo para un sujeto. El mismo que al cumplir sus metas, es identificado como un tipo con suerte o también como un perseverante. Se utiliza el término “soñador”, como un elogio o un argumento necesario para enaltecer.
En qué momento de nuestras vidas el soñar se convirtió en una parrafada, utilizada por los oportunistas, que se otorgan el derecho de orientarnos sin ni siquiera conocernos, pero su fama de victoria nos hace caer en el juego de ser parte de su sueño, dejando en el cosmos el nuestro.
El sueño es el aliento del espíritu, que propulsa al ser humano, en un camino determinado, conducido por la retribución de nuestros actos y la tenacidad diaria para ejecutarlo.
Todas nuestras ansias son válidas. De hecho en el trayecto a este mundo material, ya teníamos un sueño, que lo olvidamos por nuestra codicia de alimentar nuestro ego, que constantemente nos quiere llevar a una cumbre perfecta y superlativa, para observar a todos aquellos que permanecen abajo, olvidando contundentemente que los soñadores sienten complacencia de observar el maravilloso paisaje de la cumbre, desde su posición, tachada como inferior.
Tenemos un furor profundo a concluir nuestros sueños, sin conocerlos bien, sin saber si nos pertenecen o sin entender a donde nos trasladaremos con el mismo. Pero sin embargo viviremos para siempre del mismo ideal planteado.
El enemigo perfecto que combate con nuestros sueños, es conocido como “el tiempo”, que a toda contienda adiestra a su escuadrón para arrinconarnos. En nuestro delante se coloca el incitante presente, a nuestras espaldas se estaciona el hostigoso pasado, y en nuestros extremos se asientan los ejércitos del futuro. Con su única misión de encontrar la debilidad de nuestros sueños y alzar la bandera de su victoria.
Pero si se pretende sobrevivir en un oasis de tranquilidad, nos convertimos directamente en el rival del hombre que vemos en el espejo, el que te mira a los ojos y es el único que se atreve a preguntarte el ¿Por qué vendiste tu sueño?, y te apostaste por el apacible mundo de vivir volando, sin dejar ni una sola huella en tu camino.
“Nada está dicho, sino decimos nada”, me lo dijo alguien con el ánimo de esperar mi respuesta, lo único que manifesté de la manera más sincera, fue que me diera una explicación, a la misma interrogante que me respondió con:” Lo que te dije es como un sueño ajeno, talvez al principio no lo entiendas, o si lo entiendes no te importa, y si te llegara a importar lo olvidarías…”. Con eso comprendí que el contar nuestros sueños es incomprensible, al final no vivimos de lo que decimos, lo que hacemos dice más que lo que decimos…
Yo tengo mucho por soñar, realidades que vencer, contrincantes que conocer, y no necesariamente esperar el dormir para hacerlo, porque tal vez en ese tiempo ya no exista espacio para mis sueños.

Agustín Cueva.

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