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De boliche, al Boliche

VIAJE

 

A más de 3000 metros de Altura, el centro recreacional El Boliche muestra una alternativa turística para que gente de todas las edades pueda disfrutar de un tiempo de esparcimiento y tranquilidad en la Sierra ecuatoriana.

Una campanada indica la salida del tren de las 08:15 desde la estación de Chimbacalle, con ruta Quito-Boliche-Machachi.

Los rieles del tren atraviesan la ciudad y dan paso a la verde vegetación de la sierra ecuatoriana. Desde lejos, la cordillera de los Andes acompaña al tren hasta que llega a un complejo  rodeado de árboles de pino, que alejado del ruido y de la polución envuelve en tranquilidad a quienes disfrutan de este viaje a El Boliche.

Del ferrocarril bajan cerca de 90 personas, la mayoría se dirige a la cafetería de la estación y otras caminan sobre los pedazos de piedra hasta la entrada del centro recreacional.

La sombra de los árboles que se encuentran en la entrada acompañan por el camino a los visitantes hasta las instalaciones del lugar.

Cerca del la una de la tarde, el restaurante administrado por los miembros de Boliche Tours empieza a llenar sus mesas de madera. Victoria Chicaiza y su madre atienden a los visitantes y les ofrecen el “plato tradicional”, que tiene habas, choclo, acompañado por caldo de gallina y carne de borrego con papas y ensalada. Después esperan  con atención a que todos terminen la comida para arreglar el lugar que recibirá a sus nuevos comensales.

Juan Carlos Heredia agradece la atención que le brindaron a él, a su esposa y su hija, dejan vacíos los platos y se quedan sentados por un momento hasta terminar las gaseosas que pidieron.

Una de las cabañas, la más silenciosa de todas, muestras la historia de El Boliche. Fotografías, mapas y leyendas escritas en los cuadros son vistos por cuatro jóvenes que venían desde Tumbaco. ”Es interesante conocer todo lo que tiene este lugar. Deberíamos venir con más tiempo”, dice Martín González, que mira el reloj y sale de ahí.

La cancha de fútbol, de tierra y abandonada por los turistas, es utilizada por las alpacas que residen en el lugar para descansar después de que en su almuerzo comieran el pasto, que en la región es abundante.

Dos caballos y sus jinetes caminan por el césped, donde suelen acampar los aventureros que acuden al lugar. Risas y gritos se escuchan a lo lejos porque un caballo aceleró su correr y asustó a la joven de pantalón azul y gorro negro, mientras su acompañante disfrutaba del espectáculo que brindaba.

Apresurados y con ganas de adentrarse entre las plantas y flores, dos niños corren, perseguidos por su madre, por el camino de tierra que lleva al sendero Quishuar, que tiene seis kilómetros para observar la vegetación de plantas y la presencia de animales que se esconden entre los arbustos, como el ratón de páramo, el zorrillo, lagartijas, colibríes y muchos más.

Avanzan las horas y quienes estaban en las instalaciones salen hacia la estación, las tres campanadas de nuevo anuncian la partida del tren. Desde las ventanas del vehículo, los turistas observan la forma de plato hondo que tiene el lugar y se despiden presurosos para dirigirse hacia su destino.

De vuelta a la vida de la ciudad, toda la recreación, la tranquilidad, el silencio y todo lo que brindó El Boliche será extrañado por los visitantes, ya que abundan lugares como este, pero no son tomados en cuenta como la riqueza que tenemos en el mundo.

 

Byron Andino Veloz

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Categorías:Crónicas
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